La ciudad de Los Césares como patrimonio cultural inmaterial de la Región de Los Lagos, Chile

Marcelo Javier Neira-Navarro

Leyendas sobre civilizaciones y ciudades perdidas se pueden encontrar en todas las culturas. La Atlántida, Las siete ciudades de oro, Kitehz, El Dorado son una muestra.

Mientras que la ciudad de Los Césares debiera ser relevante y motivo de interés, tanto para los actuales habitantes de las riveras de los lagos Puyehue y Llanquihue y los de la zona de Osorno.  No solo desde el punto de vista del relato histórico o legendario.  También desde el punto de vista del patrimonio de cultura inmaterial de nuestra región.

El gran misterio que representa esta leyenda de una riqueza fabulosa, fascinó y alimentó la codicia de muchos europeos y de la propia corona española durante unos 300 años.  Fascinación que, durante el periodo colonial y mucho después, se extendió a un enorme territorio de América del Sur.  Acumulando, de paso, una enorme y contradictoria cantidad de información derivada, tanto de parte de “conquistadores”, representantes del gobierno colonial como de posteriores aventureros, curiosos, viajeros, misioneros y estudiosos del tema. 

Un resumen de las variantes de la leyenda se puede resumir en que el emplazamiento de la ciudad se podía localizar en algún valle o a orillas de algún lago andino, en la costa patagónica atlántica o del pacífico; y sus habitantes iban desde fugitivos que habían escapado de las ciudades del Sur de Chile en tiempo de una sublevación general de los mapuche, o al hecho que se trataba de indígenas peruanos restos de la invasión incaica; incluso, de una población de nativos y europeos perdidos en el interior del país o, en fin, descendientes de españoles de un naufragio ocurrido en el Estrecho de Magallanes.

En lo que concierne a la actual Región de Los Lagos, de acuerdo a la declaración de Ignacio Pinuer, un militar español que exploró la zona sur de Chile a fines del siglo XVIII, los Césares se ubicaba hacia la cordillera de Los Andes, al sur de la ciudad de Valdivia, al pie del Volcán Osorno (F. Pinuer, 1774: 29; Daireaux, 1877); él mismo Pinuer también llegó a decir que un williche de apellido Cumilaf le había confesado que,

“…del otro lado del rio Bueno…vivia inmediato á los españoles de la laguna, que son acaudalados de plata y ganado; pero pobres en fierro y añil, y que tampoco tienen abalorios, dando las propias señas en situacion, armas y caminos” (Id.: 36; en adelante, en todos los casos de textos “entre comillas” mantienen la ortografía de la época). 

Mientras que el Reverendo Padre Benito Delgado, en 1778, emplazó la ciudad siguiendo el Río Bueno hasta su nacimiento en el lago Ranco (Plath, 1983: 306; B. Delgado, en Gay, 2009: 289); también en el lago Puyehue (P. de Angelis, 1836: 16; Daireaux, 1877) o en el lago Llanquihue (de Angelis, Id.: 292). Francisco Cavada la localizó en Chiloé (F. Cavada 1914: 87) y el sacerdote Diego Rosales, entre otros, en el Estrecho de Magallanes (Rosales, 3 vols., Vol. I, 1877: 97; Cox, 1863: 11 y 15; Bayo, 1913: 51). 

Algunos aseguraban que la ciudad encantada existían suntuosos edificios de plata y oro, incluidos los techos de las casas y el pavimento.  Pedro de Angelis, anseguró que la ciudad, 

“Tenía murallas con fosos, revellines y una sola entrada protegida por un puente levadizo y artillería.  Sus edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada…Nada igualaba la magnificencia de sus templos, cubiertos de plata maciza; y de este mismo metal eran sus ollas, cuchillos, y hasta las rejas del arado…los habitantes se sentaban en sus casas de asientos de oro!  Gastaban casaca de paño azul, chupa amarilla, calzones de buché, o bombachos, con zapatos grandes, y un sombrero chico de tres picos” (P. de Angelis, 1836: 17).

La ciudad igualmente poseía jardines y árboles frutales por todos lados.  Innumerables avenidas, fortificaciones, torres y junto con murallas y puente levadizo, contaba con artillería que, de acuerdo a Pinuer, se dejaba oír seguramente para sus fiestas nacionales (Pinuer, id).

Regida por sabias leyes, además, sus habitantes eran blancos, altos y barbudos. Todavía más.  Un jesuita de apellido Falkner, que vivió 40 años en la Patagonia argentina, ya retirado en Europa publicó un libro en donde dejó señalado que,

“Tiene esta ciudad muy hermosos edificios de templos y casas de piedra labrada, y bien tejadas al uso de nuestra España.  En las mas de ellas tienen los españoles indios cristianos para la asistencia de las casas y haciendas, á quienes los propios españoles, con su educación han reducido á nuestra Sta. Fé Católica…(…)…tienen los vecinos y habitadores sus estancias de ganados mayores y menores, que son muchísimos” (T. Falkner, 1774: 26).

Por su parte, Daireaux, nacido en Brasil de padres franceses, luego avecindado en Buenos Aires, publicó a lo menos el libro “Buenos-Ayres, La Pampa et La Patabonie”; también colaboró con varios periódicos europeos, entre ellos “Revue et Deux Mondes”.  En esta última, en 1877, publicó un artículo que luego fue íntegramente reproducido entre el 4 al 10 de septiembre de 1877 por el “Diario Oficial de Chile”.  Aunque aquí ponía en duda la existencia de la ciudad fabulosa, señaló que se rumoreaba que los edificios de los templos eran suntuosos, abundaban el oro y la plata, sus habitantes hablaban un idioma incomprensible y trataban de mantenerse en el más completo aislamiento (Daireaux, 1877, 1690).

Cualquiera sea el caso, un aspecto relevante a destacar es que hay informes que mencionan que la ciudad estaría conformada por “osornenses” (P. de Angelis, 1836: 16; también C. Bayo, 1913: 73 a 74); esto es, los “…habitantes de esta Ciudad de los Césares son los que huyeron a la cordillera cuando la antigua ciudad de Osorno fue destruida por los indios” (Plath, 2017: 219), durante la segunda mitad del siglo XVI, entre 1598 a 1604.

En este último sentido, Vicuña Mackenna citando un informe realizado por el español Pinuer ya mencionado publicó un libro en donde dejó señalado que,

“….el comisario Pinuer, apasionado de su hallazgo como de un tesoro, continuaba buscándole solucion por todos los caminos que su fe le sujeria. Para lograr mejor tal fin i encontrar sosten en sus superiores, que lo eran directamente el gobernador de Valdivia i el virei del Perú, a cuya jurisdiccion estaba sometida mas de cerca Valdivia i su guarnicion, como plaza de guerra de primer órden, dió cuerpo el comisario a una idea injeniosa i que no podia ménos de ser simpática a los pobladores del mediodía de Chile.

“Consistia esa combinacion en abandonar la ya vieja i desacreditada teoría de que los Césares procedian de un buque náufrago en el Estrecho, i en sostener con enerjía i convencimiento la de que aquellos colonos enclavados en el fondo de las planicies i lagunas que en aquella latitud rodean las cordilleras de Chile, eran los antiguos pobladores del heróico Osorno, aquellos bravos que, escapados con las armas en la mano, abriéranse paso por entre las huestes alzadas i vencedoras de la gran rebelion (1600-1604), i fueron a asilarse con sus mujeres, sus hijos i sus tesoros (los tesoros de Ponzuelos!) en aquellas soledades. De aquí su bravura, su enerjía, su riqueza i, sobre todo, su enojo con los hijos de aquellos conquistadores antiguos que no habian sabido socorrerlos en la hora del asedio i la desdicha.

“Para dar mas colorido de verdad a esta nueva fábula que estaba en abierta contradiccion con cuanto habia conservado la crónica sobre la defensa i desamparo de Osorno (cuyas monjas mismas lograron salvar ilesas i son hoi las Clarisas de Santiago), sostenia el comisario Pinuer que la ciudad primitiva de los Césares no estaba ni en la vecindad ele la laguna de Nahuelguapi, ni en la de Ranco, visitada hace poco por el profesor Philippi, sino en la de Puyehue, que fué reconocida, hace cerca de un siglo, por el capitán de injenieros Mackenna, cuando era gobernador de Osorno. Esa laguna, cuya estension es de cerca de doscientos kilómetros cuadrados segun Astaburuaga, figura como una de las mas bellas creaciones de nuestra naturaleza, i dista solo treinta leguas al sudeste de la moderna ciudad de Osorno, edificada sobre los cimientos de la antigua, rica, heróica i perdida.

“No obstante su feliz inventiva, el comisario Pinuer no encontró por de pronto la cooperacion que solicitaba para su empresa de descubridor i de restaurador. El gobernador de Valdivia en aquella coyuntura, don Tomas de Carminate, de apellido napolitano como el del coronel Valviani i otros jefes de graduacion de aquella plaza, no se prestó de buen grado a las miras de su crédulo subalterno.

“Con la historia i la cronolojía en la mano, el ilustre gobernador podia indicar los errores en que incurria el comisario, no obstante los mil juramentos ante escribano de centenares de indios bárbaros i embelequeros que aquél dia a dia le presentaba.

“Bastaban para este fin las relaciones auténticas de los capitanes Tomas de Olavarría i Pedro Sánchez Mejorada, quienes despues de la pérdida de Osorno i de las siete ciudades, se internaron en todas direcciones con fuertes destacamentos i visitaron la misma laguna de Puyehue sin encontrar un solo español a quien ofrecer amparo, cuyo era su principal objeto (Benjamín Vicuña Mackenna, Los Césares. La Ciudad Encantada, Tomo II, Viña del Mar, 1877).

Entre la enorme cantidad de relatos, igualmente hay exploradores que de plano negaron la posibilidad de existencia de la fabulosa ciudad (Diego Rosales, 3 Vols., Vol. I: 32; Cox, 1863; P. Martinez, 1898: 48).  Falkner, a fines del siglo XVIII, intentando recopilar la mayor cantidad de información pudo comprobar que toda vez que preguntaba por la existencia de la Ciudad a los originarios del lado de Chile, invariablemente obtenían señales referidas a la costa Atlántica; mientras que las mismas preguntas a originarios de la pampa, señalaban la costa del Pacífico (Falkner, 1760).  A mediados del siglo XIX, Vicuña Mackenna llegó a decir que la historia de los Césares fue una atrevida y estupenda patraña (Vicuña Mackenna, 1877: s/p.; Stefen, 1930: 101-123). 

En efecto, debió ser una “mentira estratégica” de los nativos.  Al menos de este lado de la cordillera, la única razón atendible del origen de la leyenda pudo ser la necesidad de alejar a los españoles del mineral de oro de Ponzuelo emplazado cerca de la localidad de Riachuelo, al sur de Osorno.  Este mineral fue explotado por los europeos probablemente entre 1553 y 1600 y según constató Claudio Gay casi tres siglos después,  

“…la famosísima mina, llamada de Ponzuelo, de oro tan obrizo que á peticion de Francisco Castañeda hubo que ligar la pesa con seis quilates menos que el que se extraia de los demas números, para que el comercio corriera igual…” (Claudio Gay, Historia fisica y politica de Chile segun documentos adquiridos en esta republica durante doce años de residencia en ella y publicada bajo los auspicios del supremo gobierno, Paris en casa del autor; Chile, en el Museo de historia natural de Santiago, 1844, pág. 79). 

Lo cierto es que todas las expediciones que buscaron la ciudad fracasaron.  Y siguiendo la leyenda, seguramente, porque si bien los viajeros podían estar cerca, la ciudad no se dejaba ver porque la envolvía una espesa niebla (F. Cavada, 1914: 87).

En último término, la ciudad actualmente puede estar representando una doble pérdida para los actuales habitantes de la Región de Los Lagos y los de Osorno en particular.  Nunca apareció simplemente porque obedeció al afán de ambición por encontrar oro.  Sin embargo, en la actualidad la estamos perdiendo como leyenda en términos de patrimonio y memoria regional.  Si ponemos en valor este fabuloso relato bien podría llegar a constituir parte de la galería de patrimonios culturales inmateriales de nuestro territorio y así, entre otros aspectos, también estaremos tributando al turismo de intereses especiales.

Bibliografía

Ciro Bayo, Los Césares de la Patagonia, Madrid, 1913.

Francisco Cavada, Chiloé y los chilotes, Santiago, 1914.

Guillermo Cox, Viaje en las regiones septentrionales de la Patagonia. 1862-1863, Imprenta nacional, Santiago, 1863.

Emilio Daireaux, Ultimas esploraciones hechas en la Pampa i la Patagonia, Diario Oficial de Chile, sección Prensa Extranjera, Santiago, 04 a 10 de septiembre de 1877, pág. 1690 (artículo reproducido del “Revue des devue modes”, una publicación francesa mensual fundada por Prosper Mauroy y P. se Ségur-Dupeyron a partir del 1° de agosto de 1829.

Pedro de Angelis, La ciudad encantada de la patagonia.  La leyenda de los Césares, Ediciones continente, 2005.

Benito Delgado, Diario (289-231), en Claudio Gay, Historia física y política de Chile, Documento I, Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile, Santiago, 2009.

Emilio Daireaux, Ultimas esploraciones hechas en la Pampa i la Patagonia, Diario Oficial de Chile, sección Prensa Extranjera, Santiago, 04 a 10 de septiembre de 1877, N° 154 a N° 158, de pág. 1642 a 1692 (artículo reproducido del “Revue des devue modes”, una publicación francesa mensual fundada por Prosper Mauroy y P. se Ségur-Dupeyron a partir del 1° de agosto de 1829.

Tomas Falkner, Desde la ciudad de Buenos Aires hasta de la de los Césares, que por otro nombre llaman la Ciudad encantada, en Pedro de Angelis, Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Rio de la Plata, Imprenta del Estado, Buenos Aires, 1760.

Ricardo Latcham, La leyenda de los césares su origen y evolución (pág. 193-254), en Revista Chilena de Historia y Geografía, Tomo LX, enero, febrero y marzo, de 1929, N° 64.

Pedro Martinez de Bernabé, La verdad en campaña, en Nicolás Anrique, Biblioteca Jeográfico-Hidrográfica de Chile, Imprenta Elzeviriana, 1898.

Ignacio Pinuer, Relación de las noticias adquiridas sobre una ciudad grande de españoles, que hay entre los indios, al sud de Valdivia, é incognita hasta el presente, 1774, en Pedro de Angelis, Colección de las obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Rio de la Plata, Tomo primero, Imprenta del Estado, Buenos Aires, 1836.

Oreste Plath, Geografía del mito y la leyenda chilenos, Editorial Nascimento, 1983; Fondo Cultura Económica, 2017.

  • La ciudad de los césares, Portal Chile para niños, Biblioteca Nacional de Chile, Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio.

Diego Rosales, Historia general de el reyno de Chile, Flandes indiano (1877), 3 vol., Vol. I, Valparaíso, Imprenta del Mercurio, 1877.

Hans Stefen, Los fundamentos histórico-geográficos de la leyenda de los Césares, Revista Chilena de Historia y Geografía, abril-junio, 1930, N° 69, pág. 101-123.

Benjamín Vicuña Mackenna, Los Césares. La Ciudad Encantada, Tomo II, Viña del Mar, 1877.

Marcelo Neira-Navarro, Oro en el territorio Kunko, Portal territoriokunkoCL, URL., https://territoriokunko.cl/2021/12/04/oro-en-el-territorio-kunko/