Marcelo Javier Neira-Navarro
Leyendas sobre civilizaciones y ciudades perdidas se pueden encontrar en todas las culturas. La Atlántida, Las siete ciudades de oro, Kitehz, El Dorado son una muestra.
Mientras que para los osorninos, la ciudad de Los Césares o ciudad encantada debiera ser relevante y motivo de interés no solo desde el punto de vista del relato histórico o legendario. También desde el patrimonio cultural.
El gran misterio que representa esta leyenda de riqueza fabulosa, fascinó y alimentó la codicia de muchos europeos y de la propia corona española durante unos 300 años. Fascinación que se extendió a un enorme territorio de América del Sur. Acumulando, de paso, una enorme y contradictoria cantidad de información derivada, tanto de parte de viajeros como de posteriores estudiosos del tema.
En lo que concierne a la actual Región de Los Lagos, de acuerdo a la declaración de Ignacio Pinuer, un militar español que exploró la zona sur de Chile a fines del siglo XVIII, los Césares se ubicaba hacia la cordillera de Los Andes, al sur de la ciudad de Valdivia, al pie del Volcán Osorno (F. Pinuer, 1774: 29). Mientras que el Reverendo Padre Benito Delgado, en 1778, la emplazó siguiendo el Río Bueno hasta su nacimiento en el lago Ranco (B. Delgado, en Gay, 2009: 289); también en el lago Puyehue (P. de Angelis, 1836: 16; Daireaux, 1877) o en el lago Llanquihue (de Angelis, Id.: 292), incluso, Francisco Cavada la localizó en Chiloé (F. Cavada 1914: 87), incluido el estrecho de Magallanes.
Algunos contemporáneos aseguraron que existían suntuosos edificios de plata y oro, incluidos los techos de las casas y el pavimento. Pedro de Angelis, a comienzos del siglo XIX, por ejemplo, señaló que
“Tenía murallas con fosos, revellines y una sola entrada protegida por un puente levadizo y artillería. Sus edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada…Nada igualaba la magnificencia de sus templos, cubiertos de plata maciza; y de este mismo metal eran sus ollas, cuchillos, y hasta las rejas del arado…los habitantes se sentaban en sus casas de asientos de oro! Gastaban casaca de paño azul, chupa amarilla, calzones de buché, o bombachos, con zapatos grandes, y un sombrero chico de tres picos” (P. de Angelis, 1836: 17; en todos los casos de textos “entre comillas” mantienen la ortografía de la época).
El ya mencionado Pinuer también llegó a decir que el williche Cumilaf le había confesado que “…del otro lado del rio Bueno…vivia inmediato á los españoles de la laguna, que son acaudalados de plata y ganado; pero pobres en fierro y añil, y que tampoco tienen abalorios, dando las propias señas en situacion, armas y caminos” (I. Pinuer, 1774: 36). La ciudad encantada igualmente poseía jardines y árboles frutales por todos lados, innumerables avenidas, fortificaciones y torres. Regida por sabias leyes, además, sus habitantes eran blancos, altos y barbudos. Todavía más. El jesuita de apellido Falkner, que vivió 40 años en la Patagonia argentina, ya retirado en Europa, publicó en un libro,
“Tiene esta ciudad muy hermosos edificios de templos y casas de piedra labrada, y bien tejadas al uso de nuestra España. En las mas de ellas tienen los españoles indios cristianos para la asistencia de las casas y haciendas, á quienes los propios españoles, con su educación han reducido á nuestra Sta. Fé Católica…(…)…tienen los vecinos y habitadores sus estancias de ganados mayores y menores, que son muchísimos” (T. Falkner, 1774: 26).
Por su parte, Daireaux, nacido en Brasil de padres franceses, luego avecindado en Buenos Aires, publicó a lo menos el libro “Buenos-Ayres, La Pampa et La Patabonie” y colaboró con varios periódicos europeos, entre ellos “Revue et Deux Mondes”. En este último, en 1877, publicó un artículo que fue íntegramente reproducido por el “Diario Oficial de Chile”, entre el 4 al 10 de septiembre de 1877. Aunque puso en duda la existencia de la ciudad fabulosa, señaló que se rumoreaba que los edificios de los templos eran suntuosos, el oro i la plata abundaban, sus habitantes hablaban un idioma incomprensible y trataban de mantenerse en el más completo aislamiento.
Cualquiera haya sido el caso, existen informes que mencionan que la ciudad estaría conformada por “osornenses” (P. de Angelis, 1836: 16; también C. Bayo, 1913: 73 a 74); esto es, los “…habitantes de esta Ciudad de los Césares son los que huyeron a la cordillera cuando la antigua ciudad de Osorno fue destruida por los indios” (Plath, 2017: 219), durante la segunda mitad del siglo XVI, entre 1598 a 1604.
Entre la enorme cantidad de relatos, igualmente hay exploradores que de plano negaron la posibilidad de existencia de la fabulosa ciudad (Diego Rosales, 3 Vols., Vol. I: 32; P. Martinez, 1898: 48). Lo cierto es que todas las expediciones fracasaron. Y siguiendo la leyenda, si bien los viajeros se podían encontrar cerca, la ciudad no se dejaba ver porque la envolvía una espesa niebla (F. Cavada, 1914: 87).
En consecuencia, la ciudad de los césares representa una doble pérdida para los actuales habitantes de la Región de Los Lagos y los de Osorno en particular. Nunca nadie encontró la misteriosa ciudad, simplemente porque obedeció a la ambición por encontrar oro. Aunque también pudo ser una “mentira estratégica” de los nativos. Y la única razón plausible podría ser la necesidad de alejar a los españoles del mineral de oro de Ponzuelo emplazado cerca de la localidad de Riachuelo, al sur de Osorno. Este mineral pudo ser explotado por los europeos probablemente entre 1553 y 1600 y según constató Claudio Gay casi tres siglos después,
“…la famosísima mina, llamada de Ponzuelo, de oro tan obrizo que á peticion de Francisco Castañeda hubo que ligar la pesa con seis quilates menos que el que se extraia de los demas números, para que el comercio corriera igual…” (Claudio Gay, Historia fisica y politica de Chile segun documentos adquiridos en esta republica durante doce años de residencia en ella y publicada bajo los auspicios del supremo gobierno, Paris en casa del autor; Chile, en el Museo de historia natural de Santiago, 1844, pág. 79).
En todo caso, es digno de señalar que Falkner, intentando recopilar la mayor cantidad de información pudo comprobar que toda vez que preguntaba por la existencia de la Ciudad a los originarios del lado de Chile, invariablemente obtenían señales referidas a la costa Atlántica. Mientras que las mismas preguntas a originarios de la pampa, señalaban la costa del Pacífico.
Como quiera que haya sido, actualmente estamos perdiendo esta leyenda en términos de patrimonio y memoria regional. No obstante, si ponemos en valor este fabuloso relato, bien podría llegar a constituir parte de la galería de patrimonios culturales inmateriales de nuestro territorio y así, entre otros aspectos, también estaremos tributando al turismo de intereses especiales.
Bibliografía
Ciro Bayo, Los Césares de la Patagonia, Madrid, 1913.
Francisco Cavada, Chiloé y los chilotes, Santiago, 1914.
Emilio Daireaux, Ultimas esploraciones hechas en la Pampa i la Patagonia, Diario Oficial de Chile, sección Prensa Extranjera, Santiago, 04 a 10 de septiembre de 1877, pág. 1690 (artículo reproducido del “Revue des devue modes”, una publicación francesa mensual fundada por Prosper Mauroy y P. se Ségur-Dupeyron a partir del 1° de agosto de 1829.
Pedro de Angelis, La ciudad encantada de la patagonia. La leyenda de los Césares, Ediciones continente, 2005.
Benito Delgado, Diario (289-231), en Claudio Gay, Historia física y política de Chile, Documento I, Biblioteca Fundamentos de la Construcción de Chile, Santiago, 2009.
Tomas Falkner, Desde la ciudad de Buenos Aires hasta de la de los Césares, que por otro nombre llaman la Ciudad encantada, en Pedro de Angelis, Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Rio de la Plata, Imprenta del Estado, Buenos Aires, 1760.
Pedro Martinez de Bernabé, La verdad en campaña, en Nicolás Anrique, Biblioteca Jeográfico-Hidrográfica de Chile, Imprenta Elzeviriana, 1898.
Ignacio Pinuer, Relación de las noticias adquiridas sobre una ciudad grande de españoles, que hay entre los indios, al sud de Valdivia, é incognita hasta el presente, 1774, en Pedro de Angelis, Colección de las obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Rio de la Plata, Tomo primero, Imprenta del Estado, Buenos Aires, 1836.
Oreste Plath, Geografía del mito y la leyenda chilenos, Fondo Cultura Económica, 2017.
Diego Rosales, Historia general de el reyno de Chile, Flandes indiano (1877), 3 vol., Valparaíso, Imprenta del Mercurio, 1877.
NOTA: Se ha mantenido la ortografía original en los textos que aparecen entre comillas (“”) y en el de las fuentes y bibliografía histórica.
Artículo originalmente publicado en Boletín El Osornino, Corporación Centro para el progreso de la Provincia de Osorno, N° 64 y 65.